Una ciudad donde
sus calles frías y su susurro helado se te meten en las entrañas y te obligan a
entrar siempre a algún lugar. Es en el interior de los pubs de Dublín donde se
halla el calor de la ciudad, el hervor y la intensidad de la ciudad del viento y
la lluvia. El sonido de una acústica o una eléctrica hacen vibrar el frío vaho
que penetra en los ventanales. Y día tras días, te das cuenta que esta ciudad
te abraza con cada lugar nuevo que conoces, te hipnotiza con su arquitectura y
te magnetiza con el cálido ambiente dentro de los locales.
domingo, 18 de septiembre de 2011
lunes, 12 de septiembre de 2011
.
Que difícils som les
persones. Som realment incomprensibles. Som
una estúpida caixa de sorpreses, mai tindràs res del tot cert. És sorprenent
com passes d’una alegria desmesurada a una tristesa que ensorra tots els teus
anhels. I què difícil és entendre allò que se’n diu l’amor i la passió, per què
fins i tot les coses més pures, més reals, desapareixen de cop, deixen d’existir.
I no hi ha marxa enrere. Amb la incertesa enguixada al cor, amb un peu a l’abisme
i l’altre a l’esperança.
Des de Dublín.
miércoles, 31 de agosto de 2011
Crítica literaria "El extranjero" (Albert Camus)
Cuando la indiferencia se mezcla con la
desdicha
La obra El extranjero es la primera
escrita por Albert Camus (1913-1960) en 1942. Su obra, caracterizada por un estilo
vigoroso y conciso, refleja la philosophie
de l'absurde, la sensación de alienación y desencanto junto a la afirmación
de las cualidades positivas de la dignidad y la fraternidad humana. La obra de
Camus, muestra una guía moral e intelectual de una generación llegada a la
madurez rodeada de ruinas, frustración y desencanto de una Europa de posguerra.
El
extranjero de Albert Camus trata sobre la vida de un hombre vacío, sin valores, con
el corazón de cartón. Todo gira a su alrededor con una amplia escala cromática,
mientras él, se siente fuera de toda esa espiral porque la encuentra absurda. El
anuncio de la muerte de su madre le hace partir hacia el asilo de ancianos en
el que se encontraba y acudir a su entierro. No llora, no siente nada, todo es
un mero trámite, como la vida misma. Al volver a su ciudad, Argel, pasa el día
con Marie e incluso mantienen sexo, como si nada hubiera ocurrido, haciendo así
su existencia aún más ruin. Una serie de acontecimientos le hacen cometer un crimen
del que más adelante será enjuiciado y condenado. De nuevo, la muerte se le
presenta como un mero pasatiempo. En el juicio y en su posterior condena se
suman una serie de argumentos inútiles y superfluos, como la vida misma del
protagonista, hasta llegar el punto en que su propia vida, acaba siendo la razón
de su ejecución.
El libro parte
de una base descriptiva muy correcta y amena, escrita en primera persona por el
protagonista, Meursault. Una narración que te hace sentir su odio y repugnancia
hacia las personas, a todo lo que gira a su alrededor. Empieza siendo floja e
incluso, demasiado trivial, pero como la mayoría de veces sucede, al llegar al
final encuentras el clímax: el momento antes de su ejecución. Inclusive, momentos
antes de ser ejecutado en la guillotina el protagonista sigue mostrándose
impasible ante tal desdicha. Es en ese momento donde florece la narración más
profunda y muestra algún tipo de sentimiento: el miedo. Un recelo a la muerte
que todo humano deberá sentir ante la inminencia de su fin. De esta manera, es
este vuelco narrativo lo que verdaderamente subleva el libro.
El
extranjero no es una historia cerrada. Tiene múltiples lecturas, como la mayoría de
libros, pero en este caso, la efeméride del libro no es su condena, sino cómo
siente la desdicha el protagonista, cómo hasta el final no deja entrever algún
tipo de sentimiento. Aún así, ruin. Meursault, un personaje creado en los
albores de los años 40 puede ser impecablemente transportado a la sociedad
actual, al día a día de muchas personas que viven colgadas de un hilo, más
muertas que vivas, pues se les ha disecado el torrente de valores, sentimientos
y anhelos. Se trata del retrato de un hombre que se siente un “extranjero” en
su propia vida.
viernes, 12 de agosto de 2011
El Tratado de Ottawa y su endeble prohibición de las minas antipersonales
El pasado
4 abril de abril se celebró el Día Internacional para la sensibilización contra
las minas antipersonal. A día de hoy, se ha confirmado el uso de minas
antipersonal por parte de grupos armados no estatales en seis países:
Afganistán, Colombia, India, Myanmar, Pakistán y Yemen. El número de países
productores suman doce, entre los que destacan Estados Unidos, China, Rusia,
Israel y Pakistán.
Las minas
antipersonales están prohibidas internacionalmente desde el año 1997 gracias al
Tratado de Ottawa. Un tratado que en el 2011 forman parte 156 países en contra
de 39 que no lo son, entre ellos, los principales productores de minas. En las
negociaciones gubernamentales relacionadas con el Tratado de Ottawa estuvieron
presentes el CICR (Comité Internacional de la Cruz Roja) y las ONG de la ICBL
(International Campaign to Ban Landmines, constituida en 1992). ¿Tiene cabida
hoy día un tratado elaborado hace más de catorce años para la erradicación del
uso de minas?
La
pregunta no puede responderse sin saber antes qué puntos flaquean del Tratado
de Otawa. Por primera vez, un instrumento legal prohíbe completamente un tipo
de armas y garantiza la destrucción de las almacenadas. Asimismo, ofrece unos
mecanismos de control del cumplimiento del tratado, como medidas facilitación y
clarificación de procedimientos para su desempeño. Compromete una asistencia al
desminado y a las víctimas. A su vez, la firma de la Convención no permite
ninguna reserva, es decir, todos los Estados firmantes deben acogerse en su
totalidad. Sin embargo, el mismo Tratado presenta varias lagunas. No prohíbe
las minas contracarro, aunque sus efectos sean muy similares a las antipersonal.
El Tratado enfatiza la transparencia y la construcción de relaciones de
confianza entre los Estados Parte, pero no crea mecanismos que permitan a los
Estados realizar misiones de verificación para comprobar el cumplimiento de las
obligaciones del acuerdo. Además, el Tratado margina por completo la cuestión
de cómo puede cumplir con sus obligaciones un Estado Parte cuándo es víctima de
un conflicto interno en partes del territorio que no controla. Tres cuestiones
que no han sido reparadas tras catorce años de Tratado y que han perjudicado considerablemente
en el esfuerzo por alcanzar sus objetivos.
En el año 2011,
el 80 % de las naciones del mundo se han sumado al Tratado, pero ningún estado
se ha unido desde el 2007. Según el informe de The Monitor del año 2010-2011,
sobre el uso de minas antipersonales, no ha habido necesidad de que los Estados
Parte del Tratado sean invocados de las disposiciones del propio Tratado para
aclarar su cumplimiento. No obstante, Turquía, Estado miembro desde el año 2003,
está siendo objeto de una investigación judicial porque sus fuerzas armadas
usaron minas antipersonal en el año 2009. La debilidad del Tratado también
queda reflejada en el hecho que menos del 40 % de los estados han promulgado
leyes nacionales para aplicar el Tratado desde su firma.
La
comunidad internacional debe hacer frente a dos grandes retos: universalizar la
prohibición de las minas e incrementar los esfuerzos para combatir la contaminación
causada por esta arma, incluso desde la identificación, señalización y limpieza
de los campos minados hasta la sensibilización sobre el peligro de las minas.
No obstante, resulta difícil preguntarse cuál será el valor de un acuerdo de
prohibición total si los países clave en la producción y uso siguen sin
firmarlo.
Afganistán y las minas antipersonal, más que una aniquilación humana
Afganistán es
uno de los países con mayor número de minas antipersonal del mundo. Desde la
llegada de las fuerzas soviéticas en 1979, se han implantado sistemáticamente
en todo el territorio. Tras el derrocamiento del régimen talibán a partir de la
intervención estadounidense en el país y su asociación con la Alianza del Norte,
Afganistán se encuentra en un contexto político confuso, complejo e inseguro.
El principal motivo de esta falta de seguridad se encuentra en el hecho que
Afganistán haya sufrido durante más de dos décadas una guerra. A día de hoy, puede justificarse el uso de
minas por parte de los talibanes para forzar bajas en los miembros de la OTAN. En Afganistán, según el Programa de
Acción de Minas en Afganistán (MAPA), se estima que aproximadamente el 15 % de
la población, es decir, aproximadamente cuatro millones de personas, vive en una de las dos mil comunidades en las
que se encuentran minas. Un área aproximada de 700 millones de metros
cuadrados.
El uso de minas
antipersonal añade otro basto problema para el desarrollo del país durante y
después de la guerra: no sólo una crisis humanitaria sino un gran obstáculo
para el progreso social y económico del país. De acuerdo con la experiencia
sobre el terreno de la Organización Mundial de la Salud, la UNICEF y la Cruz
Roja América, se calcula que el coste de rehabilitación completa de una víctima
de mina es de unos 9.000 dólares. Esta cifra incluye los diferentes tipos de
asistencia que requiere una víctima, que son diversos y muy complejos: primeros
auxilios, cirugía y cuidados posoperativos, prótesis, muletas y sillas de
ruedas, rehabilitación física, asistencia a otros daños como ceguera y sordera,
apoyo psicológico para combatir el estigma social de ser un discapacitado y la
formación en un oficio para reintegrar a la víctima en la economía productiva.
Pero el gasto para el desarrollo del país es aún mayor. Durante un conflicto, las minas se colocan en
infraestructuras estratégicas para el desarrollo económico y social de un país,
como carreteras y puentes, plantas eléctricas, fábricas, centros de
abastecimiento de agua o campos de cultivo.
Cuando terminan
los enfrentamientos, la presencia de minas dificulta el acceso a dichas
infraestructuras para repararlas o mantenerlas en funcionamiento. Como
consecuencia, el abastecimiento de electricidad y especialmente el de agua son
irregulares, se paraliza el funcionamiento de las fábricas y la producción
agrícola, necesarias para satisfacer las necesidades de la población, el
transporte de bienes y alimentos se ve obstaculizado, se produce un aumento del
desempleo y un incremento de los precios debido a la escasez de productos. En
una sociedad como Afganistán, donde la mayor parte de la población (el 90 %)
trabaja en este sector, los agricultores ya no se atreven a adentrarse en las
zonas de cultivo, acarreando así una desdeñable situación económica.
El uso de minas
antipersonal en un conflicto, supone siempre hacer pagar a la población, por lo
menos, dos veces el precio de la guerra. En Afganistán, se está haciendo frente
a una múltiple devastación dada su situación de conflicto permanente, agravando
su dependencia a la ayuda humanitaria y
financiera internacionales. Ayuda que puede prolongarse durante décadas.
Las minas antipersonal en Libia como seguro de guerra
Human Rights Watch ha confirmado que las fuerzas de Muammar Gaddafi han
establecido minas antipersonal y anti-vehículo en el actual conflicto con la
alianza Internacional. Las minas fueron descubiertas el 28 de marzo, dos días
después que las fuerzas del coronel Gaddafi se retirasen de la zona, cuando un camión explotó al pasar por encima
de dos minas antipersonal que detonaron en las afueras de Ajdabiya. El número de minas antipersonales y
anti-vehículo encontradas son alrededor de 50.
Las minas antipersonales están prohibidas internacionalmente desde el año
1997 mediante un acuerdo, el Tratado de Ottawa. Está firmado por 133 países y
39 están fuera del tratado. Precisamente, Libia y Estados Unidos son algunos de
los países que no forman parte del tratado, como también lo son China, India y
Rusia. ¿Quiénes son los principales vendedores y exportadores de minas
antipersonal hoy día? De forma reiterada nos encontramos a Estados Unidos,
India, Rusia y China. También forma parte de la lista de vendedores Corea del
Norte, Corea del Sur, Cuba, Egipto, Irán, Irak, Birmania, Nepal, Pakistán,
Singapur y Vietnam.
Las principales explicaciones para el uso de las bombas antipersonales se
hallan en el bajo coste y la eficacia a corto y largo plazo. El precio es
variable y oscila entre 1,50 euros las más baratas y 180 euros las más caras.
Son fáciles de colocar y atomizan a los soldados del ejército enemigo y a
civiles. Si no son erradicadas al completo, pueden estar activas durante más de
cincuenta años.
Las minas antipersonales aseguran un conflicto a largo plazo y silencioso. La
guerra del Vietnam (1964-1975) fue una guerra de guerrillas entre Vietnam del
Sur y Vietnam del Norte, no a campo abierto como fueron las guerras mundiales.
El papel de Estados Unidos se fue complicando en Vietnam y justificaron el uso
de minas antipersonal para sitiar a los poblados del Vietcong y para proteger
las posiciones estadounidenses. La confrontación se hallaba entre un ejército
pequeño en relación a un gigante armamentístico, como lo era Estados Unidos.
Ahora, en Libia, el ejército de Gaddafi se enfrenta a una oposición
internacional. Es un David contra un Goliat. Parece probable que el uso de
minas antipersonal en Libia sea justificado como estrategia para intentar ganar
una guerra a largo plazo. Cuando las fuerzas internacionales dejen de
intervenir, quedará un arma de guerra invisible, eficaz y duradera para acabar
con la población civil. La guerra en Libia no sólo se está batiendo entre las
fuerzas de Gaddafi y la coalición Internacional, sino que también la está
lidiando contra su población. Esta guerra interna será la más hermética, larga
y dura de afrontar.
Crítica teatral "Desclassificats" (Pere Riera)
Una tímida reflexión sobre valores y ética periodística
El joven dramaturgo Pere Riera presentó el 14 de marzo Desclassificats en La Villaroel, una obra fresca, dinámica y
aparentemente, sencilla. Con una supremacía de la actuación sobre el guión, el reparto
viene de la mano de tres actores consagrados, Emma Vilarasau, Abel Folk y Toni Sevilla. En
Desclassificats Pere Riera pone sobre
la mesa la fina línea que separa lo personal de lo profesional, la frontera
entre la ética y los abusos de poder, entre valores y periodismo.
Una reputada periodista, Silvia Utgés (Emma Vilarasau), se encuentra en un despacho presidencial a la espera de hacerle una entrevista al presidente del Gobierno, Víctor Bosch (Toni Sevilla). Una entrevista que podría comprometer al presidente, pues Silvia dispone de unas fotografías que lo inculpan de un caso de corrupción de menores, cometido antes de aceptar el cargo. La intención de Silvia Utgés de desvelar en la entrevista la corrupción del señor Presidente se tambaleará con la intervención del jefe de prensa del presidente, el señor Cáceres (Abel Folk), y sus juegos equívocos de palabras. Nos encontramos en ese momento ante un guión que era aparentemente sencillo, pero, que poco a poco se va complicando, convirtiendo lo que era un terreno firme y controlado de la periodista, en un barrizal. Como si se tratase de una entrevista de David Frost a Richard Nixon, pero con una pequeña diferencia. La reputada periodista también tiene un telón de Aquiles: su hija menor de edad es detenida por tráfico de drogas en el instituto. En ese momento, la periodista tendrá que dirimir entre su carrera profesional o bien, su reputación y el futuro de su hija. La simplicidad de la escena, una habitación presidencial decorada de forma minimalista, deja a los actores al desnudo ante el guión. Es únicamente la actuación de los tres personajes, lo que permite que la atención de los espectadores no flaquee.
Pese a que la noticia de la implicación de la hija en cuestiones de tráfico
de drogas supone un giro de 180 grados, y que pretende intrigar a los espectadores,
no lo consigue. Tanto la periodista como el señor Presidente tienen algo que
ocultar a la sociedad, se encuentran entre la espada y la pared. En ese
momento, copan el protagonismo la escala de valores personales y profesionales, se cuestionan los límites a los
que puede llegar el poder. Pero no va más allá. La actitud por la que se deja
llevar Silvia Utgés no supone una sorpresa. Un final vaticinado y fácil de
descifrar para unos espectadores que esperaban más de una historia que se
antojaba primero simple y después, más compleja. No obstante, la obra consigue
hacernos reflexionar, de forma tímida, sobre la ética personal y profesional,
sobre qué poner por delante ante semejante situación. Un final, que pese a ser
esperado, hace encararnos a nosotros mismos y cuestionarnos qué opción
secundar, qué camino seguir. En Desclassificats,
pese a que graviten varios asuntos, la principal reflexión se nutre de la
relación incondicional entre ética y periodismo, entre poder, fuentes y medios de comunicación.
Autor y director: Pere Riera
Intérpretes: Emma Vilarasau (Silvia Utgés), Abel Folk (Cáceres), Toni Sevilla (Víctor Bosch)
Sala: La Villarroel
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